Tragedias griegas

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FEDRA.— Mujeres trecenias que habitáis en el vestíbulo de la tierra de Pelops[204]. Bastantes veces ya, durante largas noches, reflexioné abstraída en lo que corrompe la vida de los hombres. Y me parece que no es por la naturaleza de su espíritu por lo que hacen el mal. Muchos, en efecto, piensan con cordura. Mas hay que considerar esto: [380] sabemos y conocemos el bien; pero no lo practicamos[205], unos por pereza, otros porque prefieren lo agradable a lo honesto. Numerosos son los placeres de la vida: los coloquios largos, el ocio, ese mal que encanta, y el pudor[206]. Esta es de dos clases: una que no es un mal, y otra que es una calamidad en las moradas. Pero si su línea divisoria fuese clara[207], si se manifestase la razón de la una y de la otra, no se las nombraría con el mismo nombre. Como desde hace tiempo sé eso, ningún deleite puede distraerme [390] hasta el punto de hacerme pensar de otra manera. Pero te diré el camino que ha emprendido mi espíritu. Después que el amor me hirió, busqué un medio de poder soportarlo lo más honestamente posible. Entonces comencé a callar y a ocultar mi mal, porque no hay que fiarse de la lengua, que sabe censurar con acritud los pensamientos de los demás hombres, pero a sí misma se atrae males sin cuento. Y tomé la resolución de soportar valientemente este amor insensato y vencerlo con la castidad. [400] Por fin, sin poder triunfar así de Cipris, me pareció que lo mejor sería morir. Nadie se opondrá a esta determinación. ¡Ojalá no se mantengan ocultas mis buenas acciones, y mi vergüenza no tenga muchos testigos! Sabía yo que este amor y mi mal eran infames, y sabía también que era mujer y que la mujer es odiosa para todos. ¡Perezca muy oprobiosamente la primera que mancilló su lecho con otros hombres! [410] Las familias ilustres[208] extendieron este mal sobre las mujeres. Porque, cuando las cosas vergonzosas agradan a los biennacidos, han de parecer buenas a los malos. También odio a las mujeres que son castas de palabra, y en secreto muestran una audacia deshonesta. ¿Cómo? ¡oh señora Cipris nacida en el mar! se atreven a mirar cara a cara a sus maridos, y no les dan horror las tinieblas cómplices de su falta, y no temen oír gritar al techo de su morada? Eso es lo que me mata, amigas, [420] para que jamás pueda yo deshonrar a mi marido y a los hijos que he parido, y para que, florecientes y hablando con libertad, habiten en la ciudad de los ilustres atenienses y se glorien de su madre. Porque, por muy audaz que sea, se torna en esclavo el hombre que tiene conciencia de los crímenes de su padre o de su madre. Dicen que sólo un bien hay de un valor igual al de la vida: un corazón justo y honesto. En el momento fatal el tiempo descubre a les hombres perversos, como el espejo refleja el rostro de una joven. [430] ¡Ojalá no me cuente nunca entre ellos!


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