Tragedias griegas
Tragedias griegas HIPÓLITO.— Al oír tus gritos, padre, he venido en seguida. Sin embargo, tío sé por qué gimes, y desearía saberlo por ti. ¡Ah! ¿Qué es esto? ¡Padre, veo muerta a tu mujer! Me sorprende mucho. Cuando la dejé, hace poco tiempo, todavía veía ella la luz. ¿Qué le ha ocurrido? ¿Cómo ha perecido? [910] ¡Padre! quiero saberlo por ti. ¿Te callas? Pues en el dolor no conviene guardar silencio, porque el corazón, que desea saberlo todo, está ávido, incluso en medio de los males. En verdad que no es justo, padre que ocultes tus desventuras a tus amigos y a quien es algo más que eso.
TESEO.— ¡Oh hombres, que erráis en tantas cosas! ¿por qué enseñar tantas artes, por qué inventarlo y descubrirlo todo, mientras exista una que no conocéis ni poseéis todavía, [920] y que es enseñar bondad a quien le falta?
HIPÓLITO.— Sería un sofista hábil quien tuviera poder para inculcar la bondad a los que no son buenos. Pero ahora, padre, no es ocasión de discutir sutilmente; y temo que tu lengua, a causa de tus males, no guarde moderación.
TESEO.— ¡Ay! Hacía falta a los hombres un método seguro para conocer a sus amigos y distinguir el verdadero del falso. Y sería necesario que todos los hombres tuviesen dos voces, una veraz, y la otra tal como es, [930] con el fin de que la embustera fuese refutada por la sincera; y entonces no se nos engañaría.