Tragedias griegas
Tragedias griegas HIPÓLITO.— Padre, terribles son tu cólera y la conmoción de tu alma. Sin embargo, no es honroso, si bien se lo examina, el asunto que da origen a hermosas palabras. Yo soy inhábil para hablar ante la multitud. Ante mis iguales en edad y ante un reducido número de oyentes, serÃa más inhábil. Y tiene ello su razón de ser, pues los que mejor hablan a la multitud[238] no son considerados de ninguna manera como sabios[239]. [990] Sin embargo, es preciso que hable, ya que me asalta la desdicha. Y empiezo por el primer ataque que parece iba a abrumarme, y al cual yo no iba a tener nada que responder. ¿Yes esta luz del dÃa y ves la tierra? Digas lo que quieras, no hay en ella ningún hombre más casto que yo. Porque, ante todo, sé honrar a los Dioses, y tengo amigos que quieren ser justos y se avergonzarÃan de que se les pidiese obraran mal o ayudaran en sus malos propósitos a quienes los abrigan. [1000] Yo no me rÃo de mis amigos, padre; el mismo soy para los presentes y para los ausentes; y de lo que más inocente estoy es de eso de que me crees convicto. Porque hasta el dÃa mi cuerpo está puro de todo contacto impúdico. No sé da semejante cosa mas que lo que he oÃdo decir o lo que he visto en pinturas, y no deseo ver esas cosas, porque tengo el alma virgen. Quizá no te convenza mi castidad, aunque debas demostrar cómo me han corrompido. (Señalando a Fedra). ¿Era el cuerpo de ésta superior en belleza al de todas las mujeres? [1010]¿Esperé llegar a ser jefe de tu morada sucediéndote en tu lecho? SerÃa un insensato y estarÃa absolutamente desprovisto de razón[240]. ¿Acaso el mando es grato para los hombres castos? No, por cierto, a menos que la monarquÃa corrompa el corazón de aquellos a quienes agrada. En verdad que quisiera ser el primero y vencer en los combates helénicos; pero siendo el segundo en la ciudad, y viviendo feliz siempre con excelentes amigos. Asà también me es dado gobernar la cosa pública, [1020] y la ausencia de peligro produce mayor alegrÃa que el poder[241]. He admitido una sola de las pruebas que me son favorables; pero ya has oÃdo las demás. Si tuviese un testigo como yo, si esta mujer viera la luz, yo me defenderla, y después de compulsarlo todo, reconocerÃas a los verdaderos culpables. Ahora, ¡por Zeus, vengador del perjurio, y por la tierra donde ando! te juro que jamás he tocado a tu mujer, que jamás he tenido deseo ni pensamiento de ello. ¡En verdad, perezca yo sin nombre, infamado, desterrado de la patria, sin hogar, fugitivo y vagabundo por la tierra, y ni la tierra ni el mar reciban [1030] mis carnes muertas, si soy un malvado! En cuanto a ésta, no sé si el temor la ha impulsado a matarse. No me está permitido hablar más[242]. Ella ha conservado la apariencia de castidad, aunque no haya sabido permanecer casta. Yo, que tengo castidad, la he practicado con más desdicha.