Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— Bastante has refutado esa grave acusación, jurando por los Dioses.
TESEO.— ¿Es un Epodo o un mago quien se envanece de ablandar mi alma con su dulzura, [1040] después de haber cubierto de oprobio a su padre?
HIPÓLITO.— ¡Me asombras, padre! ¡Porque, si tú fueras mi hijo y yo fuera tu padre, en verdad que te habrÃa matado, y no te habrÃa castigado con el destierro, si hubieses osado atentar contra mi mujer!
TESEO.— ¡Qué bien has hablado! Pero no morirás tan fácilmente, en virtud de esa ley que te aplicas. Porque una pronta muerte es más agradable para el hombre infeliz. En cambio, errante, desterrado lejos de la patria, arrastrarás una vida miserable por tierra extranjera. [1050] Eso es lo que se merece el hombre impÃo.
HIPÓLITO.— ¡Ay de mÃ! ¿Qué vas a hacer? ¿No esperarás a que el tiempo te dé una prueba en contra mÃa? ¿Me echarás de esta tierra?
TESEO.— ¡Allende el mar y los limites atlánticos, si me fuera posible, en vista del odio con que persigo tu cabeza!
HIPÓLITO.— ¿No te detendrás en juramentos, pruebas ni adivinaciones? ¿Me arrojarás de esta tierra sin juzgarme?