Tragedias griegas
Tragedias griegas HIPÓLITO.— [1090] Parece que es cosa decidida. ¡Oh desdichado de mÃ, que sé no puedo decir lo que sé! (Dirigiéndose a la estatua de Artemis). ¡Oh hija de Latona, la más querida de las Diosas, con quien habito, compañera de mis cacerÃas! ¡huiré, pues, dela ilustre Atenas! Os saludo, ¡oh ciudad y tierra de Erecteo! ¡Oh suelo de Trecenia, que tan dulces alegrÃas otorgas a la juventud, salve! ¡Por última vez os miro y os hablo! (A sus compañeros). Venid, ¡oh jóvenes de esta tierra, los que sois de mi edad! saludadme, sacadme de este paÃs. [1100] Jamás encontraréis otro hombre más casto que yo, aunque a mi padre no se lo parezco. (Sale).
EL CORO.—
Estrofa I[244]: Mucho alivia mis penas la providencia de los dioses, cuando mi razón piensa en ella, pero, aunque guardo dentro de mà la esperanza de comprenderla, la pierdo al contemplar los avatares y las acciones de los mortales, pues experimentan cambios imprevisibles y la vida de los hombres, [1110] en perpetuo peregrinar, es siempre inestable.