Tragedias griegas
Tragedias griegas TESEO.— ¡Ay, hijo! ¿cómo me haces tan desgraciado?
HIPÓLITO.— ¡Me muero; ya veo las puertas subterráneas!
TESEO.— ¿Te irás allá, dejándome mancillada el alma?
HIPÓLITO.— No, en verdad, porque te absuelvo de este asesinato.
TESEO.— [1450] ¿Qué dices? ¿Me redimes de esa sangre?
HIPÓLITO.— Lo atestiguo con Artemisa, que vence con sus flechas.
TESEO.— ¡Oh carÃsimo, cuán generoso eres con tu padre!
HIPÓLITO.— ¡Salve, oh padre, salve! ¡Una vez más te saludo!
TESEO.— ¡Ay! ¡Cuán excelente y piadosa es tu alma!
HIPÓLITO.— Haz votos por obtener hijos legÃtimos iguales a mÃ.
TESEO.— ¡No me abandones, hijo! ¡Sé fuerte!
HIPÓLITO.— ¡Ya no tengo fuerzas, me muero, padre! Cubre pronto con un velo mi faz.
TESEO.— ¡Oh ilustre tierra de los atenienses y de Palas[261], de qué hombre te han privado! [1460] ¡Oh desdichado de mÃ! ¡Cuánto me acordaré de tus males desde lejos, Cipris!