Tragedias griegas
Tragedias griegas ARTEMISA.— ¡Calla! Porque, incluso en la sombra subterránea[260], puede penetrarte la cólera de la Diosa Cipris, a causa de tu piedad y tu razón. [1420] Yo, con mi mano y mis dardos inevitables, te vengaré en aquel de los mortales que le es más querido. En vista de tus males, ¡oh desdichado! te otorgaré grandes honores en la ciudad de Trecenia. Antes de su boda, las jóvenes vÃrgenes cortarán para ti sus cabellos, y durante una larga serie de años te honrarán con sus lamentaciones y sus lágrimas. Te celebrarán siempre los cantos de las vÃrgenes, [1430] y jamás cesará ni se olvidará el amor de Fedra por ti. Y tú, ¡oh hijo del anciano Egeo! coge en brazos a tu hijo y estréchale contra tu pecho, ya que le has perdido a pesar tuyo; pero cuando los Dioses quieren, es natural que yerren los hombrea, Y a ti, Hipólito, te exhorto a que no persigas a tu padre con tu odio, pues ya sabes por qué destino mueres. ¡Salve! No me está permitida mirar a los muertos ni manchar mis ojos con el estertor de un moribundo; y me parece que te aproximas ya a ese momento.
HIPÓLITO.— [1440] ¡Yo también te saludo, virgen venturosa! Con alma resignada renuncio a nuestra larga familiaridad. Aplaco toda cólera contra mi padre, según me pides, porque siempre he obedecido a tus palabras. ¡Ay, ay! ¡ya cubre mis ojos la sombra! ¡Cógeme, padre, y alza mi cuerpo!