Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HERMIONE.— No he venido trayendo de la morada de Akileo y de Peleo [150] como primicias nupciales estos adornos de oro que circundan mi cabeza y estos peplos de colores varios que revisten mi cuerpo, sino que los he traído de la tierra lacedemonia espartana, y me los ha dado mi padre Menelao con una gran dote, a fin de que me esté permitido hablar con libertad. Así respondo a vuestras palabras. Pero tú, que eres una mujer cautiva y una esclava, quieres, tras de ahuyentarme, poseer estas moradas, y por tus filtros soy odiosa a mi marido, y por causa tuya mi vientre permanece estéril, pues el ingenio de las mujeres asiáticas es hábil para estas cosas. [160] ¡Por eso te refrenaré, y no serán para ti un recurso la morada de la Nereida, ni el altar, ni el templo, y morirás! Y si alguno de los hombres o de los Dioses quiere salvarte, te es preciso, en vez de tu antiguo orgullo, tornarte humilde, prosternarte a mis rodillas, y barrer mi morada, y derramar el rocío de Akeloo[274] de los vasos de oro, y comprender en qué tierra estás. Porque aquí ya no tienes a Héctor, ni a Príamo, ni riqueza, sino una ciudad de la Hélade. [170] ¡A tal extremo de demencia has llegado, miserable, que osaste acostarte con el hijo de un padre que ha matado a tu marido, y concebiste hijos de quien le mató! Así es la raza de los bárbaros: el padre se une a su hija, y el hijo a su madre, y la hermana a su hermano; y los que más se quieren se matan entre sí, ¡y la ley no prohíbe nada de eso! No introduzcas semejantes cosas entre nosotros. Porque no es decoroso que un hombre tenga las riendas de dos mujeres, [180] y quien no quiera habitar en una morada vergonzosa debe contentarse con una sola Cipris nupcial[275].


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