Tragedias griegas

Tragedias griegas

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ANDRÓMACA.— ¡Ay, ay! La juventud es mala para los mortales, y malo es que en la juventud un hombre tenga deseos inicuos. Por lo que a mi respecta, temo que el hecho de ser yo tu esclava haga que te niegues a oír lo que tengo que decirte, aunque haya de darte buenas razones, y que sea para mí una desgracia el tener razón. Los grandes, como tienen mucho orgullo, [190] soportan con dificultad las razones superiores de los pequeños. Sin embargo, no me resignaré a traicionarme a mí misma. Di, ¡oh joven! ¿qué motivos tenía yo para esperar privarte de tus bodas legítimas? ¿Acaso la ciudad lacedemonia es inferior a la de los frigios, o mi destino supera al tuyo y me ves libre? ¿Será porque, en vista de mi juventud y mi hermosura, orgullosa de mis muchas riquezas y de mis muchos amigos, quiero posesionarme de la morada en tu lugar? ¿Será para parir, en lugar tuyo, [200] hijos esclavos que constituirían para mí una carga miserable? ¿Sufriría nadie que mis hijos fuesen reyes de Ftia no siéndolo tú? ¡A fe que los helenos me quieren extremadamente! ¡Les soy desconocida por Héctor y por mí misma, y no era yo reina de los frigios! No es por culpa de mis filtros por lo que tu esposo te odia, sino porque no sabes agradarle. Porque el verdadero filtro no es la belleza, ¡oh mujer! sino que lo son las virtudes que deleitan a los maridos. En cuanto a ti, si algo te ofende, dices que la ciudad lacedemonia [210] es grande y que Sciros[276] no vale nada, y te envaneces de tus riquezas entre los pobres, y para ti es Menelao más grande que Akileo. Por eso te odia tu marido. Conviene que la mujer, aun cuando pertenezca a un mal marido, le complazca y no luche con orgullo. Si tuvieras por marido a un rey de Tracia, tierra cubierta toda de nieve, en donde el mismo hombre hace entrar por turno en su lecho a varias mujeres, ¿las habrías matado, acaso? ¿Y deshonrarías a todas las mujeres, insaciable en tus deseos? En verdad qué sería vergonzoso. [220] Aunque suframos nosotras mucho más que los hombres esa enfermedad del deseo, nos reprimimos. ¡Oh queridísimo Héctor! cuando Cipris te turbaba a veces, yo amaba por ti a las que te gustaban. Y con frecuencia di mi pecho a tus bastardos por no disgustarte; pero tú, por celos, no permites que ni una sola gota de rocío etéreo toque a tu marido. [230] ¡Mujer! cuida de no superar a tu madre en deseos de hombre. Los hijos que tienen sano el espíritu deben evitar las malas costumbres de sus madres.


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