Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— Señora, haz todo lo posible por permitirme que te persuada para que te reconcilies con ésta.
HERMIONE.— ¿Por qué hablas tan arrogantemente y luchas de palabra conmigo, como si sólo tú fueras honrada y yo no fuese casta?
ANDRÓMANA.— No lo eres, ciertamente; al menos, no lo eres en las palabras que pronuncias.
HERMIONE.— ¡Que no resida en mà tu espÃritu, mujer!
ANDRÓMACA.— Eres joven, y tus palabras avergüenzan.
HERMIONE.— Tú no hablas, en efecto; pero obras en contra mÃa cuanto puedes.
ANDRÓMACA.— [240] ¿No sabes sufrir en silencio el dolor que te ocasiona Cipris?
HERMIONE.— ¡Cómo! ¿Acaso no es eso lo mejor para las mujeres?
ANDRÓMACA.— Para las que lo buscan como es debido; si no, es oprobioso.
HERMIONE.— No gobernamos nuestra ciudad con arreglo a las leyes de los bárbaros.
ANDRÓMACA.— Lo que aquà es vergonzoso no es menos vergonzoso allÃ.
HERMIONE.— En verdad que eres hábil; pero, con todo, tienes que morir.