Tragedias griegas
Tragedias griegas ANDRÓMACA.— ¡Oh fama, fama, a millares de mortales [320] que no eran nada les proporcionas una existencia brillante! Considero dichosos a los que deben el honor de su nombre a la verdad; pero los que no se lo deben más que a la mentira pasan, a mi entender, por sabios merced a la casualidad. ¿Eres tú quien, capitaneando a los helenos más valientes, arrebataste en otro tiempo Troya a PrÃamo, siendo tan cobarde? ¿Tú, que después de las palabras de tu hija, niña todavÃa, muestras tanta arrogancia y luchas contra una infeliz esclava? No te juzgo digno de Troya ni vencedor de Troya. [330] Los hay que brillan por fuera y son tenidos por sabios; pero por dentro son como los demás hombres, si no triunfan por las riquezas, que pueden mucho siempre. Vamos, Menelao, cesemos en estos discursos. Si me mata tu hija, si ella me trae la muerte, no podrá rehuir la expiación de este asesinato; y ante todo el pueblo serás culpable tú también, porque te abrumará tu complicidad. O escaparé a la muerte, y matarás a mi hijo. Pero ¿cómo soportará su padre [340] con alma tranquila la muerte de su hijo? Troya no le ha llamado cobarde, como a ti; él va adonde es preciso que vaya, y se mostrará digno de Peleo y de su padre Akileo. Echará de sus moradas a tu hija. Y al casar a ésta con cualquier otro, ¿qué vas a decir? ¿Que ha huido de un mal marido por pudor? Eso serÃa falso. ¿Quién se casará con ella? ¿La guardarás sin marido, viuda y envejeciendo en tu morada? ¡Oh mÃsero hombre! ¿no ves los males innumerables que te aguardan? [350] ¿Por cuántas concubinas no quisieras ver ofendida a tu hija, antes que sufrir lo que te anuncio? No conviene, por una nimiedad, dar origen a males graves, y ya que las mujeres somos un azote, los hombres no deben parecerse a las mujeres. Por lo que a mà respecta, en efecto, si he envenenado a tu hija con ayuda de filtros, como ella dice, y tornado su vientre estéril, por voluntad propia y no por obligación, no me acerco ya a este altar, y me someteré al juicio de tu yerno, [360] que no me infligirá un castigo menor, a mÃ, que le privo de posteridad. Asà pienso. ¡Pero te temo, pues solamente por una querella de mujer[284] asolaste la desgraciada ciudad de los frigios!