Tragedias griegas
Tragedias griegas ANDRÓMACA.— ¿Y arrancarás a este pequeño de debajo de mis alas?
MENELAO.— No, por cierto; pero se le daré a mi hija para que le mate, si quiere.
ANDRÓMACA.— ¡Ay! entonces no lloraré por ti, ¡oh hijo!
MENELAO.— ¿No te queda tan segura esperanza?
ANDRÓMACA.— ¡Oh los más odiosos de los mortales ante todos los hombres! ¡habitantes de Esparta, conciliábulo de astucias, reyes de las mentiras! ¡forjadores pérfidos de desdichas, que tenéis pensamientos tortuosos, malos y engañosos! ¡florecéis injustamente en la Hélade! [450] ¿Qué crimen no reside en vosotros? ¿Dónde más innumerables asesinatos? ¿No estáis ávidos de ganancias vergonzosas? ¿No se os sorprendió siempre diciendo una cosa con la lengua y pensando otra? ¡Ojalá perezcáis! Morir no es para mà tan cruel como crees. Todo me indujo a morir desde que fue destruida la desventurada ciudad de los frigios y muerto mi ilustre marido, cuya lanza ha hecho de ti con frecuencia un cobarde marinero en vez de un hoplita de tierra. ¡Y ahora, sintiéndote bravo con una mujer, me matas! Mátame, pues, [460] porque en verdad que nunca os halagará mi lengua a ti ni a tu hija. En efecto, si tú eres grande en Esparta, yo he sido grande en Troya; y si sufro un destino adverso, no te glories nada por ello, que también tú podrás sufrirlo un dÃa.