Tragedias griegas

Tragedias griegas

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EL CORO.— Al oír tus palabras, tengo compasión de ti. Dignas de piedad son las calamidades de todos los mortales, aunque sean extranjeros. Debías intentar una reconciliación entre tu hija y esta mujer, Menelao, con el fin de librarla de sus males.

MENELAO.— Esclavas, colgadla y atadle las manos, pues no va a oír palabras agradables. En efecto, con objeto de que abandonaras el altar de la Diosa, he anunciado la muerte de tu hijo, y con ello te he impulsado a entregarte a mis manos para ser muerta. [430] Sabe que así será por lo que a ti respecta. Sobre lo que concierne a tu hijo, mi hija decidirá si es preciso matarle o no. ¡Pero entra en la morada, a fin de aprender a no ultrajar jamás a los hombres libres, siendo una esclava como eres!

ANDRÓMACA.— ¡Ay! ¡Me has cogido con astucia, se me ha engañado!

MENELAO.— Anúnciaselo a todos; no lo negaré.

ANDRÓMACA.— ¿Es eso legal entre los que habitáis las orillas del Eurotas[286], [400]?

MENELAO.— Y entre los que habitan en Troya y se vengan de haber sido ultrajados.

ANDRÓMACA.— ¿Crees que los Dioses no son Dioses y no toman venganza?

MENELAO.— [440] Cuando se manifieste, la sufriré; pero a ti he de matarte.


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