Tragedias griegas
Tragedias griegas Alrededor del año 415, en un clima de amargura y pesimismo ante el cariz que iba tomando el desarrollo de la contienda, compuso una trilogía formada por Alejandro, Palamedes y Las Troyanas, de la cual sólo se nos ha conservado la última obra. Por su temática, esta creación es muy cercana a Hécuba y la reina de Troya es también aquí la protagonista, pero la esencia que informa el drama es muy distinta. Hécuba, como Medea, se enfrenta con la problemática de su pasión vengadora, mientras que Las Troyanas pretende por encima de todo presentar al público ateniense un cuadro plástico de los horrores de la guerra, en la idea de que afectan por igual a vencedores y vencidos. En el drama abundan las profecías y presagios sobre el incierto porvenir de Atenas, como una especie de llamada de atención probablemente sobre los riesgos que entrañaba la expedición ateniense contra Sicilia, la cual constituyó un auténtico fracaso. Del mismo modo que en Heracles, observamos en Las Troyanas un nuevo intento del poeta de buscar una divinidad que el racionalismo ilustrado del momento pudiera aceptar (884 ss.): «Tú que sostienes la tierra y reinas sobre la tierra, quienquiera que seas, difícilmente accesible al conocimiento, Zeus, ya seas la ley natural o la razón de los hombres, a ti imploro». En esta creación del poeta captamos igualmente una serie de rasgos que ya nos son familiares: un evidente racionalismo y, como consecuencia del mismo, el desenfado acostumbrado en la pintura de unos dioses que al poeta no satisfacían.