Tragedias griegas
Tragedias griegas La tragedia Heracles pertenece también al mismo perÃodo creativo de los dramas anteriores, si bien, como ocurre casi siempre, no hay certidumbre alguna sobre su fecha de composición, aunque seguramente se escribió entre el 422 y el 415. Aquà la cuestión primordial no es ya una alabanza de Atenas y de su sistema democrático, si tenemos por cierta la opinión de Lesky en el sentido de que la función del legendario rey Teseo en esta pieza consistirÃa exclusivamente en hallar una solución al conflicto planteado. El centro de la composición es la locura del héroe Heracles por culpa de la envidia divina de Hera. En un fuerte acceso de locura, totalmente obnubilado, el protagonista da muerte a su mujer y a sus hijos. La acción tiene lugar después de que Heracles ha vuelto a la cordura. La locura del héroe nos recuerda la tragedia sofoclea Ayante, basada también en el desvarÃo de un héroe, pero la coincidencia se da sólo en el punto de partida, ya que la construcción y desarrollo del dilema trágico son completamente diferentes, lo cual no puede extrañarnos, si nos paramos a considerar el rotundo cambio de perspectiva aportado por EurÃpides en el enfoque del material mÃtico tradicional. Ayante no ve otra solución para lavar su deshonra que encaminarse hacia la muerte, pues su dignidad heroica le impide enfrentarse con una vida oscura. El Heracles de EurÃpides no halla en un principio otra solución de su terrible acto que no sea la muerte, mas, con posterioridad, los consejos de su buen amigo Teseo lograrán disuadirle de semejante acción y llevarle a la aceptación de una salida menos rigorista, si bien más humana: rechazar el suicidio y pechar con una vida acompañada por el recuerdo de su horrible acto y la amargura. Mas, a pesar de este distinto tratamiento de lo trágico, Heracles es, con toda seguridad, la tragedia euripidea que más se aproxima a los moldes de la estética heroica del teatro sofocleo. No obstante, las diferencias son ya muy grandes y giran, además de las ya apuntadas, en torno a la acostumbrada crÃtica de EurÃpides de la mitologÃa tradicional, considerada por él como algo irracional y sin el menor sentido. Ahora bien, no sólo observamos en esta obra una crÃtica del mito, sino que el poeta se permite el atrevimiento de adaptarlo (no serÃa ésta la única ocasión) en el sentido de situar el ataque de locura después de la realización de sus heroicos trabajos y no antes, como estaba en la leyenda, todo ello con el único objetivo de poner un mayor énfasis en la caÃda del héroe y conceder un mérito mayor a la aceptación por parte de Heracles de enfrentarse con una vida presidida por el dolor y el recuerdo de sus glorias pasadas. Otro rasgo capital de esta pieza es su acerada crÃtica de la divinidad tradicional y la presentación ante el público de una imagen de lo divino más auténtica, que no se ocupa en mezquindades ni en regir los acontecimientos humanos, sino que se basta a sà misma: «La divinidad, si realmente es una divinidad, no necesita de nada». (1345-1346). No puede uno resistirse a la tentación de ver en estos versos un claro precedente de la concepción epicúrea de la divinidad.