Tragedias griegas
Tragedias griegas PELEO.— ¡Ay! ¡Qué costumbres tan malas reinan en la Hélade! Cuando un ejército eleva trofeos sobre los enemigos, no se piensa en que se deben a las fatigas de los guerreros, sino que es el estratega quien se lleva toda la gloria, y aunque él por sà solo no ha hecho con la lanza más que otros mil, posee más fama. Asentándose con arrogancia en las magistraturas de la ciudad, [700] respiran orgullo por encima del pueblo, aunque sean hombres insignificantes. Otros, sin embargo, serÃan mucho más hábiles que aquéllos, si la audacia residiese en ellos al mismo tiempo que la voluntad. ¡AsÃ, tú y tu hermano os mostráis llenos de orgullo a causa de la toma de Troya y por haber tenido el mando guerrero, alardeando de las penas y fatigas de los demás! Pero yo te demostraré que el ideo Páris no era un enemigo mayor que Peleo, si no sales inmediatamente de esta morada con tu hija estéril, a la cual el que ha nacido de mi sangre [710] ahuyentará de las moradas cogiéndola por los cabellos, ya que, por no haber podido parir, como una ternera estéril, no sufre ella que otra para. Porque sea ella desgraciada para tener hijos, ¿vamos a vernos privados de ellos? Alejaos de ésta[291], esclavos, a fin de que yo vea quién me impide desatarle las manos. Levántate para que, aunque temblón, deshaga yo los nudos. ¡Cómo has maltratado sus manos, oh cobardÃsimo! [720] ¿creÃas que atabas a un buey o a un león? ¿O temÃas que, cogiendo una espada, te rechazase ella? Ven a mis brazos, ¡oh niño! desata conmigo las ligaduras de tu madre. En Ftia te criaré, para que seas el mayor enemigo de éstos. Si a los espartanos les faltara la gloria de la guerra y el valor en la refriega, sabed que no serÃan superiores en ninguna otra cosa.