Tragedias griegas

Tragedias griegas

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EL CORO.— Desenfrenada es la raza de los ancianos y sólo a duras penas se la puede reprimir, a causa de su natural irritable.

MENELAO.— Eres demasiado propenso a proferir injurias. [730] He venido a Ftia obligado, y nada indigno haré ni sufriré en ella. Y ahora, como no tengo tiempo que perder, regresaré a mi morada. Porque ahora se nos muestra hostil una ciudad situada no lejos de Esparta y que era amiga nuestra en otro tiempo. Para vengarme, quiero conducir tropas contra ella y reducirla a mi poder. En cuanto haya llevado a cabo lo que tengo resuelto, volveré, y cara a cara, me informaré por mi yerno, y sabré las razones que le impulsan. [740] Y si castiga a esta mujer y se porta bien en lo sucesivo, me conduciré con él como conmigo él se conduzca. Pero tus palabras las soporto fácilmente, ya que, semejante a una sombra, sólo tienes voz y no puedes hacer otra cosa que hablar.

PELEO.— Precédeme, hijo, resguardándote con mi brazo, y tú también, ¡oh desdichada! porque, tras de sufrir una cruel tempestad, has llegado a puerto tranquilo.




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