Tragedias griegas

Tragedias griegas

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ORESTES.— Para una mujer sin hijos todavía, ¿qué calamidad puede existir que no sea una rivalidad de concubina?

HERMIONE.— Por eso languidezco; has sabido hacérmelo declarar, lo has comprendido.

ORESTES.— ¿Ama tu marido a una concubina en vez de amarte áti?

HERMIONE.— A la mujer de Héctor, cautiva.

ORESTES.— Mala cosa has dicho, porque, en verdad, no es conveniente que un hombre tenga dos mujeres.

HERMIONE.— [910] Así es, y me he vengado.

ORESTES.— ¿Le has tendido alguna celada como las que las mujeres acostumbran a tender a otras mujeres?

HERMIONE.— He querido matarla, así como a su hijo bastardo.

ORESTES.— ¿La has matado o te la ha arrebatado algún accidente?

HERMIONE.— El viejo Peleo, que tomó la defensa de los más malos.

ORESTES.— ¿Ha participado contigo alguno en ese asesinato?

HERMIONE.— Mi padre, llegado de Esparta con tal fin.

ORESTES.— ¿Le ha vencido la mano de un anciano?


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