Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— Tú lo has dicho; pero ¿quién eres tú que nos lo preguntas?
ORESTES.— Soy hijo de Agamenón y de Clitemnestra, y me llamo Orestes, y voy al oráculo dodonense de Zeus. Pero, ya que ha venido a Ftia, he resuelto saber de una mujer que es pariente mÃa, Hermione la espartana, y enterarme de si vive y es dichosa, [890] porque, aunque habita lejos de nuestra tierra, me es querida.
HERMIONE.— ¡Oh tú, que te apareces a mi vista como un puerto a los marinos en las tempestades, hijo de Agamenón, por tus rodillas[298] te suplico que tengas piedad de mÃ, cuyo desdichado destino estás viendo! ¡Aunque no llevo las Ãnfulas[299] de los suplicantes, echo mi brazo en torno a tus rodillas!
ORESTES.— ¡Ah! ¿qué es esto? ¿No estoy equivocado? ¿Veo en verdad a la hija de Menelao, reina de estas moradas?
HERMIONE.— SÃ, por cierto, a la única hija que la Tindaris Helena dio a mi padre en sus moradas, sábelo.
ORESTES.— [900] ¡Oh Febo curador, pon fin a sus males! ¿Qué ocurre? ¿Son los Dioses o los hombres los que te hacen sufrir?
HERMIONE.— Sufro en parte por culpa de mà misma, en parte por culpa del hombre que me posee, en parte por culpa de algún Dios. ¡De todos modos estoy perdida!