Tragedias griegas

Tragedias griegas

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LA NODRIZA.— ¿Por qué atormentarte con estas cosas? A todos los hombres llegan divinamente las calamidades, en una época o en otra época.

HERMIONE.— ¡Me has dejado, me has dejado en la orilla, oh padre, como una nave solitaria, sin remo marino! ¡Me perderás! Ya no habitaré en esta morada nupcial. ¿A qué estatua me acercaré suplicante? [860] ¿Caeré como esclava a las rodillas de mi esclava? ¡Pluguiera a los Dioses que, como ave rápida de alas azules, me alejase de Ftia o que fuese la nave de madera de pino que arribó primero a las costas cianeas[297], navegando por los estrechos!

LA NODRIZA.— ¡Oh hija! no aprobé tus demasías cuando obraste mal con la mujer troyana, y ahora tampoco apruebo tu temor excesivo. No te rechazará así de su lecho tu marido, [870] cediendo a las palabras de una mujer bárbara. No te ha traído cautiva de Troya a ti, hija de un hombre ilustre, recibida con una dote cuantiosa, y llegada de una ciudad muy floreciente. Y tu padre, sin abandonarte, como temes, hija, no permitirá que se te eche de esta morada. ¡Pero entra, no te muestres ante estas moradas, no vaya a ser que te sirva de deshonor el que te vean ante el vestíbulo, hija!

EL CORO.— He aquí un huésped extranjero [880] que se adelanta hacia nosotros, presuroso.

ORESTES.— Mujeres extranjeras, ¿no es esta la morada y el techo real del hijo de Akileo?


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