Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HÉCUBA.— ¡Ay, miserable de mí! ¿Qué voy a decir? ¿Qué grito, qué lamento lanzar? ¡Cuán desdichada soy en mi miserable vejez, y reducida a una esclavitud insoportable! ¡Ay de mí! ¿Quién me defenderá? ¿Qué raza y [160] qué ciudad? ¡Partió el anciano, partieron los hijos! ¿Adónde ir? ¿Acá o allá? ¿Dónde iré? ¿Qué Dios o qué Demonio vendrá en mi ayuda? ¡Oh troyanas que me anunciáis semejantes males, que me traéis males tan horribles, me habéis matado, me habéis perdido! Ya no disfrutaré de una vida dichosa a la luz del día. [170] ¡Oh pies miserables! llevadme, llevad a la anciana hacia esa tienda. ¡Oh niña, oh hija de una madre desdichadísima, sal, sal de las moradas! ¡Escucha la voz de tu madre, oh hija, y entérate de lo que dicen de tu alma!

POLIXENA.— ¡Madre, madre! ¿Por qué gritas? ¿Qué quieres anunciarme cuando me haces salir de las moradas, asustada como un pájaro?

HÉCUBA.— [180] ¡Ay de mí, hija!

POLIXENA.— ¿A qué obedecen esas palabras fatales? Malos preludios son para mí.

HÉCUBA.— ¡Ay, ay de tu alma!

POLIXENA.— ¡Habla! No me ocultes nada por más tiempo. ¡Tengo miedo, tengo miedo, madre! Pero ¿por qué gimes?

HÉCUBA.— ¡Oh hija, hija de una madre lamentable!


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