Tragedias griegas

Tragedias griegas

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HÉCUBA.— [250] Entonces, ¿no obras con maldad aconsejando lo que has aconsejado, ya que, después de recibir de mi lo que confiesas, me devuelves todo el mal que puedes por el bien? ¡Oh, raza ingrata la de vosotros todos, los que deseáis honores de agoretas populares! ¡Ojalá no os conociera a los que os tiene sin cuidado herir a vuestros amigos, con tal de captaros por vuestras palabras el favor de la multitud! Pero ¿con qué vano pretexto han decretado el exterminio de esta niña? [260] ¿Qué les impulsa a degollar seres humanos sobre una tumba en que debieran degollarse bueyes[338]? ¿Es que Akileo quiere matar a los que le mataron, y en nombre de la justicia pide la muerte de esta criatura? Pero ella no le ha hecho ningún mal. Más natural sería que quisiese el sacrificio de Helena sobre su tumba, pues esa fue quien le perdió al llevarle a Troya. Si es preciso que muera una cautiva que sea bella entre todas, nosotras no tenemos que ver nada con ello, pues la Tindaris es la primera en belleza, [270] y no ha sido menos funesta que nosotras. Hasta ahora, he hablado combatiendo por la justicia, pero escucha también cómo debes corresponder conmigo cuando te pido cuentas. Tú mismo declaras que tocaste mi mano y mi vieja mejilla prosternándote. Yo, a mi vez, toco tu mano y tu mejilla y te pido la gracia que te concedí entonces, ¡y te suplico que no me arranques de las manos a mi hija, que no la matéis! ¡Bastantes han muerto ya! ¡Aún me alegra ella y hace que olvide yo mis desventuras! [280] ¡Ella es mi consuelo, mi ciudad, mi nodriza, el báculo que me sirve para andar! No conviene que los poderosos abusen de su poder ni que los felices piensen que serán siempre felices. También lo era yo en otro tiempo, y ya no lo soy, y un solo día me llevó toda mi dicha. ¡Oh caro mentón! respétame, ten compasión de mí, y cuando regreses con el ejército acayano, adviértele, dile que es odioso matar a mujeres a quienes ya habíais perdonado [290] al arrancarlas de los altares, y de las que os habíais apiadado. Por lo que a la sangre respecta, existe entre vosotros la misma ley para los hombres libres y para los esclavos[339]. Les convencerás con tu autoridad, si no con tus palabras, porque no tiene igual fuerza el mismo discurso cuando viene de un hombre sin reputación que cuando viene de un hombre ilustre.


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