Tragedias griegas
Tragedias griegas HÉCUBA.— Pues Helena te reconoció, y sólo me lo dijo a mÃ.
ULISES.— Recuerdo que estuve en gran peligro.
HÉCUBA.— Y abrazaste humildemente mis rodillas[337], [240].
ULISES.— Por cierto que mi mano estaba casi muerta en tu peplo.
HÉCUBA.— ¿Y qué decÃas entonces, cuando eras mi esclavo?
ULISES.— Todas las palabras imaginables para no morir.
HÉCUBA.— Luego, ¿no te salvé y te dejé salir de nuestra tierra?
ULISES.— Asà es, ciertamente, y por eso veo todavÃa la luz de Helios.