Tragedias griegas

Tragedias griegas

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ULISES.— En verdad, me parece, mujer, que sabes la decisión del ejército y el sufragio de que procede esa medida. Hablaré, sin embargo. [220] Han creído los acayanos que tu hija Polixena debe ser degollada en la cima del túmulo de Akileo. Nos mandan que conduzcamos a la joven virgen, y el hijo de Akileo presidirá el sacrificio y será el sacrificador. ¿Sabes lo que tienes que hacer? Pues hazlo. No des lugar a que te arrebate por fuerza a tu hija y no intentes luchar contra mí. Conozco tu debilidad y tus males. En verdad que lo prudente es amoldar el pensamiento a las desgracias.

HÉCUBA.— ¡Ah, ah! ¡Se prepara, por lo visto, un gran combate, [230] lleno de sollozos y de lágrimas! ¡Efectivamente, no he muerto cuando debí morir, y Zeus no me ha dado muerte, y me conserva, desdichada, a fin deque aún vea yo aumentar mis desventuras! Pero si es dable a las esclavas preguntar a hombres libres cosas que no aflijan ni muerdan su corazón, es preciso que respondas tras de escuchar lo que tenemos que pedirte.

ULISES.— Permitido te está. Interroga. No te niego ese plazo.

HÉCUBA.— ¿Te acuerdas de cuando fuiste de espía a Ilios[336], [240] vestido con harapos y cayendo de tus ojos a tu mentón gotas de sangre?

ULISES.— Me acuerdo, y no creas que mi corazón no se ha conmovido al evocarlo.


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