Tragedias griegas

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EL CORO.— Hermoso y glorioso es para los mortales [380] haber nacido de una raza ilustre; pero un linaje encumbrado es mayor honor todavía para los que son dignos de él.

HÉCUBA.— Dignamente hablaste, hija; pero ¡cuánto dolor hay en esas nobles palabras! ¡Si tenéis que demostrar vuestro agradecimiento al hijo de Peleo y libraros de toda censura, no la matéis, Ulises! Llevadme a mi a la pira de Akileo, matadme a mí, no me perdonéis a mí, que he parido a Páris, cuyas flechas hirieron al hijo de Tetis y le hicieron perecer.

ULISES.— El espectro de Akileo no ha pedido a los acayanos [390] que mueras tú, ¡oh anciana! sino ésta.

HÉCUBA.— Pero al menos, matadme a mí al propio tiempo que a mi hija. Así se ofrecerá a la tierra y al muerto que la quiere una libación de sangre más abundante.

ULISES.— Basta la muerte de tu hija; ninguna otra muerte es necesaria, ¡y pluguiera a los Dioses que no tuviésemos que cometer esa!

HÉCUBA.— Es preciso que muera yo con mi hija.

ULISES.— ¡Cómo! ¿acaso hay quien me manda aquí[343]?

HÉCUBA.— ¡Me adheriré a ella como la hiedra a la encina!


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