Tragedias griegas
Tragedias griegas ULISES.— No lo harás, si obedeces a quienes son más prudentes que tú.
HÉCUBA.— [400] Has de saber que jamás me separaré voluntariamente de esta hija.
ULISES.— Y tampoco yo me iré sin llevármela.
POLIXENA.— Obedéceme, madre. Y tú, hijo de Laertes, respeta la justa cólera de una madre. ¡Oh desgraciada; no luches contra los fuertes! ¿Quieres rodar por tierra y que se lastime con violencia tu viejo cuerpo, y que te arranquen oprobiosamente de mis brazos jóvenes? TendrÃas que sufrirlo, y no es digno de ti. ¡Oh madre bien amada, dame tu dulcÃsima mano, [410] acerca tu mejilla a mi mejilla, pues nunca más volveré a verte, ya que veo por última vez la luz y el orbe de Helios! ¡Recoge mis últimas palabras, oh madre que me has parido, y me iré bajo la tierra!
HÉCUBA.— ¡Oh hija mÃa! ¡y yo seguiré siendo esclava a la luz del dÃa!
POLIXENA.— Y yo no tendré mi prometido ni celebraré las bodas que me correspondÃan…
HÉCUBA.— ¡Oh hija! digna de compasión eres; pero ¡cuán desgraciada soy yo!
POLIXENA.— ¡Y yaceré allá, en el Hades, separada de ti!
HÉCUBA.— ¡Ay de mÃ! ¿qué hacer? ¿dónde acabar mi vida?