Tragedias griegas

Tragedias griegas

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TALTIBIO.— ¿Acaso quieres, mujer, que llore dos veces de piedad por tu hija, ya que se mojarán mis ojos al contar su desdicha, [520] como junto a la tumba se mojaron antes cuando moría ella? Toda la muchedumbre del ejército acayano estaba reunida ante la tumba para presenciar la muerte de tu hija, y cogiendo a Polixena de la mano, el hijo de Akileo la colocó en lo alto del túmulo, Y allí estaba yo, y le seguían unos acayanos jóvenes, escogidos e ilustres, a fin de contener con sus manos las convulsiones de la ternera[352]. Y con una copa de oro llena en la mano, el hijo de Akileo hacía libaciones a su padre muerto, y me hizo señas [530] para que impusiera silencio a todo el ejército de los acayanos. Y adelantándome en medio de ellos, les dije: «¡Guardad silencio, acayanos! ¡Guarde silencio el pueblo todo! ¡Silencio! ¡callaos!». E hice que la multitud quedase inmóvil, y habló él así: «¡Oh hijo de Peleo, oh padre mío, recibe estas libaciones expiatorias, evocación de los muertos! Ven a beber la sangre negra y pura de la joven virgen que te ofrecemos el ejército y yo. ¡Sé propicio a nosotros! ¡Permite que desatemos los cables de las popas de nuestras naves, [540] y que tras de obtener un feliz regreso de Ilios, podamos volver todos a la patria!». Habló así, y todo el ejército coreó su plegaria. Luego, asiendo la empuñadura de la espada circundada de oro, la sacó de la vaina e hizo seña a los jóvenes escogidos del ejército acayano para que se apoderaran de la virgen; pero ella, que lo comprendió, habló así: «¡Oh argianos que habéis derribado mi ciudad, muero por voluntad propia! No me toque ninguno, que yo ofreceré valerosamente la garganta. ¡Por los Dioses, soltadme! [550] ¡Matadme libre, y muera yo libre, pues siendo de raza real, me daría vergüenza ser tratada de esclava entre los muertos!». Y aplaudieron los pueblos, y el rey Agamenón dijo a los jóvenes que soltaran a la virgen. Y en cuanto éstos oyeron las últimas palabras del que goza de mayor poderío, la soltaron al punto, y no bien oyó ella las palabras del jefe, tirando de su peplo, lo desgarró desde el vértice del hombro al vientre, hasta el ombligo, y mostró su seno y [560] sus pechos hermosísimos como los de una estatua; arrodillándose luego, pronunció estas palabras lamentabilísimas: «Heme aquí, ¡oh joven! ¡Si quieres herir este pecho, hiere! ¡Si prefieres la garganta, aquí está!». Tenía él lástima de la virgen, y vacilaba aún; pero al fin cortó con el hierro las vías del aliento, y brotaron manantiales de sangre. Por lo que a ella respecta, hasta para morir tuvo cuidado de caer honestamente, [570] ocultando lo que debe permanecer oculto a los ojos de los varones. Cuando exhaló el último aliento a causa de aquel degüello mortal, los argianos se ocuparon en distintos menesteres; y unos cubrían con hojas a la muerta, y otros amontonaban troncos de pino para hacer una pira. Y el que no llevaba nada recibía estas palabras injuriosas del que llevaba algo: «¡Oh cobarde, te quedas ahí de pie, y nada traes para la joven, ni peplos, ni atavíos! ¿No vas a ofrecer nada a la criatura [580] de alma excelente y valerosísima?». Esto es lo que tengo que decirte acerca de tu hija muerta, a ti, la más dichosa en hijos y la más desdichada de todas las mujeres.


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