Tragedias griegas
Tragedias griegas Orestes es el último drama que fue representado en Atenas antes de que Eurípides decidiera abandonar su patria y encaminarse a Macedonia a la corte del rey Arquelao; es, por tanto, anterior al 408 o de ese mismo año. La acción de la obra se centra en la figura de Orestes después de haber cometido el abominable matricidio. Ya no tenemos ante nuestros ojos un protagonista heroico, sino un hombre enloquecido por el dolor, vacilante y enfermo, del que se ocupa con cariñosa atención su hermana Electra. Es notorio que lo que había perdido el drama euripideo en fuerza heroica lo había ganado en la profundización psicológica del alma humana y de los sentimientos que de ella nacen: amor y odio, amistad y aversión, dureza y ternura. Esta composición ha llenado de asombro a los especialistas de todas las épocas que no aciertan a explicarse esa sensación de cansancio, melancolía y anhelo de tranquilidad que impregna toda la tragedia. Pensemos que el dramaturgo era ya un anciano que sólo aspiraba a pasar sus últimos años en la paz del sosiego espiritual. Eurípides sabía a la perfección que los dioses de la religión tradicional no podían procurarle ese sosiego deseado y, por ello, en Orestes, como en tantas otras ocasiones, la función de la divinidad se limita exclusivamente a terminar la trama como «deus ex machina» de una vida sin sentido para el hombre. Si el poeta había perdido ya por completo la esperanza de hallar una explicación lógica de la complejidad de la vida humana, ¿cómo pueden pretender los críticos de hoy vislumbrar en sus creaciones de vejez un sentido de la realidad que el autor mismo no había logrado encontrar?