Tragedias griegas

Tragedias griegas

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En los dos últimos años de su vida, transcurridos en la corte macedónica, Eurípides compuso dos obras, Ifigenia en Áulide y Las Bacantes, la creación más enigmática de las presentadas en escena por el trágico. Ifigenia en Áulide es una tragedia muy hermosa sobre el sacrificio de la muchacha a la diosa Artemis, a fin de que la flota griega pueda continuar su viaje hacia Troya. Desde el punto de vista formal, Ifigenia plantea el problema de que su parte final, o bien se ha perdido, o bien nunca fue llevada a término por la mano de Eurípides. El tema de una mujer que se presta al sacrificio voluntario había sido estudiado ya en la primera pieza conservada del poeta, Alcestis, si bien aquí cobra una dimensión mucho mayor, ya que se intenta, aunque no llega a conseguirse, analizar el proceso espiritual por el cual Ifigenia evoluciona desde un primitivo temor a enfrentarse con la muerte hasta la tranquila y serena aceptación del sacrificio en favor del pueblo griego. Aristóteles (Poét. 1454 ss.) veía como algo inconcebible el cambio de una forma de ser (en griego physis) a otra completamente diferente y estimaba de una total falta de coherencia la imagen de una muchacha asustada e intranquila y su repentina mutación hacia una serenidad asombrosa ante el sacrificio. El motivo de semejante cambio de actitud que conduce a Ifigenia al sacrificio para salvar a la Hélade es trivial, patriotero y suena a postizo, como si el poeta no hubiera acertado en esta ocasión en el estudio psicológico de la heroína, aspecto en el que había brillado a tan gran altura en otras creaciones suyas.


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