Tragedias griegas
Tragedias griegas Las Bacantes, con toda probabilidad la última tragedia compuesta por EurÃpides, es la más extraña y debatida composición de toda su creación literaria. El tema de la obra es muy simple y Esquilo lo habÃa presentado ya en escena con su Penteo. Trata del despedazamiento del héroe Penteo por las ménades, entre las cuales estaban su propia madre Agave y sus hermanas, en venganza de su oposición a la instauración del culto orgiástico de Dioniso. Hasta hace muy pocos años, las interpretaciones de este drama podÃan dividirse en dos totalmente contrapuestas. Para unos significaba una conversión religiosa del poeta y un apartamiento de su escepticismo y racionalismo que habÃan ejercido una crÃtica despiadada de la mitologÃa tradicional. Abrumado ya por la vejez y hastiado de tanta pugna ideológica, EurÃpides se habrÃa vuelto hacia el sosiego de una religión mÃstica que pudiera proporcionarle la serenidad que no lograba hallar en medio de la turbación del tiempo en que le tocó vivir. Para el racionalismo crÃtico de finales del siglo XIX la interpretación era del todo diversa. Penteo serÃa EurÃpides y la obra plantearÃa la cuestión de la desesperada e inútil lucha de la razón humana contra las fuerzas irracionales de la naturaleza que se plasman en concepciones de lo divino que, como acontece en el dionisismo, veneran a un dios que acepta bárbaras orgÃas y cruentos sacrificios humanos. Hoy en dÃa se han abandonado afortunadamente interpretaciones tan dispares de Las Bacantes y se ha llegado a la conclusión de que la principal pretensión del trágico en esta tragedia fue ofrecer al público ateniense un tratamiento personal y realista del fenómeno dionisÃaco en toda su dimensión, como presentimiento quizá de una de las soluciones que tenÃa el ser humano en un mundo en el que los valores de la tradición habÃan perdido todo su sentido: el refugio en una religiosidad mÃstica de salvación. Desde esta perspectiva los crÃticos de esta creación han detenido su mirada en una serie de causas que debieron de coadyuvar en la composición de Las Bacantes. Se ha apuntado muy certeramente que en todas las obras de vejez del poeta se advierte un interés creciente por los elementos mÃsticos, considerados como el único refugio que puede encontrar el hombre en un mundo dominado por el azar y lo imprevisible. Este rasgo, insistimos de nuevo, preludia ya el helenismo, dominado por la veneración de la tyché, por la superstición o por la aceptación de religiones mistéricas, en las cuales los anhelos de seguridad y confianza del ser humano pueden encontrar satisfacción. También debió de influir en la obra el conocimiento directo de cultos orgiásticos que paulatinamente se iban extendiendo por Grecia, y con los cuales EurÃpides pudo entrar en contacto durante su estancia en Macedonia. El tema que se plantea en Las Bacantes, por otra parte, no es absolutamente nuevo. La exaltación de los elementos irracionales, frente a los cuales la razón no puede oponer resistencia, constituÃa el meollo de tragedias como Medea, Hipólito y Hécuba, pero el poeta lo desarrollará aquà hasta el extremo de llevarlo a la cumbre de la perfección, como un último intento de ofrecer una explicación coherente de la complejidad de la vida humana: «En esta polaridad de paz y tumulto, de sonriente encanto y destrucción demonÃaca, EurÃpides vio el culto dionisÃaco como espejo de la naturaleza y aun, posiblemente, como espejo de la vida». 15.