Tragedias griegas
Tragedias griegas POLIMÉSTOR.— ¡Ay de mÃ! ¡Desdichado! ¡Estoy ciego, he perdido la luz de los ojos!
EL SEMICORO.— ¿Habéis oÃdo, amigas, el lamento del tracio?
POLIMÉSTOR.— ¡Ay de mÃ! ¡Más aún! ¡Oh exterminio lamentable de mis hijos!
EL SEMICORO.— ¡Amigas, en las tiendas ocurren nuevas desdichas!
POLIMÉSTOR.— ¡No, no huiréis con pies veloces, [1040] porque a golpes romperé estas tiendas!
EL SEMICORO.— ¡Mirad cómo amenaza su pesada mano! ¿Queréis que nos precipitemos allá? Ha llegado el momento de ir en ayuda de Hécuba y de las troyanas.
HÉCUBA.— ¡Bah! ¡Rompe, derriba las puertas, no perdones nada! ¡Nunca más brillarán las pupilas de tus ojos, nunca verás vivos a los hijos que te he matado!
EL CORO.— ¿Has vencido al tracio, ¡oh señora!? ¿Has domeñado a tu huésped, y has hecho verdaderamente lo que dices?
HÉCUBA.— Pronto le verás delante de estas moradas, [1050] ciego y andando con pies ciegos y vacilantes; y verás los cadáveres de sus dos hijos, a quienes he matado con ayuda de las valerosas troyanas. Me ha pagado lo que me debÃa. ¡Mira, ya sale de las tiendas! Me voy para esquivar al tracio, que arde en cólera irresistible.