Tragedias griegas
Tragedias griegas HÉCUBA.— Quiero que pongas en salvo las riquezas que he traÃdo de Troya.
POLIMÉSTOR.— ¿Dónde están? ¿Las llevas escondidas en tu peplo?
HÉCUBA.— Están en esas tiendas, entre los despojos.
POLIMÉSTOR.— ¿Dónde están esas tiendas? No veo más que la estación de las naves acayanas.
HÉCUBA.— Me refiero a las tiendas reservadas a las cautivas.
POLIMÉSTOR.— Pero ¿está uno seguro en ellas? ¿No hay hombres?
HÉCUBA.— Ningún acayano hay allÃ; sólo las habitamos nosotras. Introdúcete en estas moradas (porque los acayanos quieren [1020] soltar las amarras de las naves y regresar de Troya a sus casas), con objeto de que, después de realizar lo que tienes que hacer, vuelvas con tus hijos al sitio en donde tienes a mi hijo.
EL CORO.— TodavÃa no lo has sufrido, pero vas a sufrir tu castigo. ¡Como quien cae precipitado en un mar sin orillas, caerás en la muerte tú, que mataste! Jamás hiere en vano la expiación terrible [1030] dispuesta por la justicia y por los Dioses. El camino que has emprendido te engañará y te llevará al Hades mortal, ¡oh desgraciado! y no será una mano guerrera la que te haga perder la vida.