Tragedias griegas

Tragedias griegas

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POLIMÉSTOR.— Voy a hablar. Había un tal Polidoro, que era el más joven de los Priamidas e hijo de Hécuba, y a quien su padre Príamo, previendo la destrucción de Troya, me había confiado para que le criase en mis moradas. Yo le maté. Pero ¿por qué le maté? Juzga si lo hice con prudencia y cordura. Temía yo que ese niño, enemigo tuyo, reedificase Troya y la repoblase, y que los acayanos, [1140] al saber que aún vivía uno de los Priamidas, fletasen una nueva escuadra hacia la tierra de los frigios, y viniesen luego a devastar las llanuras tracias, y que, como ahora, los vecinos de los troyanos sufriesen los males de éstos. Pero al enterarse Hécuba de la muerte de su hijo, me ha traído aquí con pretexto de contarme que había enterrados en Ilios unos cofres de oro de los Priamidas; y me ha traído con mis hijos a estas tiendas, con objeto, decía ella, de que ningún otro supiese tales cosas. [1150] Y doblando las rodillas, me he sentado en medio de un lecho, y las jóvenes troyanas estaban sentadas, unas a la derecha, otras a la izquierda, como junto a un amigo. Y alababan unas el tejido edoniano[365] de mis vestiduras exponiéndolo a la luz de Helios, y admiraban otras mi lanza tracia, y pronto me dejaron sin peplo y sin lanza. Las que eran madres mecían en sus brazos a mis hijos, y los hacían pasar de mano en mano, alejándolos de su padre. [1160] Después (¿lo creerás?), tras de amistosas palabras, empuñando bruscamente las espadas ocultas en sus peplos, pincharon a mis hijos, y me cogieron otras de las manos y los pies, como enemigas ya. Y cuando yo levantaba la cabeza, deseando socorrer a mis hijos, me retenían por los cabellos. Y yo ¡desdichado de mi! agitaba las manos y la multitud de mujeres me reducía a la impotencia. Por fin, añadiendo a estos males un mal horroroso, hicieron una cosa terrible. [1170] Cogiendo sus broches, pincharon y ensangrentaron las desventuradas pupilas de mis ojos. Luego huyeron por las tiendas. Y yo, saliendo disparado como un animal feroz, perseguí a esas perras exterminadoras, y cual un cazador, tanteaba todos los rincones de la tienda, golpeando y tirando todo. ¡Ya ves lo que he sufrido por agradarte y por haber matado a tu enemigo, Agamenón! [1180] Para no decir más, expresaré en pocas palabras todo el mal que se ha dicho de las mujeres en el pasado, el presente y el porvenir: ¡ni el mar ni la tierra crían una raza peor, y bien lo sabe quienquiera que las haya conocido en cualquier tiempo!


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