Tragedias griegas
Tragedias griegas HÉCUBA.— Bien estarÃa, Agamenón, que entre los hombres no fuese la lengua más allá de los actos, [1190] sino que las buenas acciones ocasionasen siempre las buenas palabras, y las malas acciones las malas palabras, y que el mal nunca pudiese hablar bien. En verdad que pasan por sabios los que usan hábilmente de la palabra; pero su habilidad tiene un término, y perecen miserablemente, y ninguno de ellos ha evitado todavÃa este destino, a ti te lo digo, Agamenón; y ahora contestaré a éste. Dices que mataste a mi hijo con el fin de evitar un doble trabajo a los acayanos y a Agamenón; pero ¡oh el peor de los hombres! [1200] jamás hubo amistad entre los bárbaros y los helenos, y no puede existir. ¿Qué te ha movido, pues, a obrar con ese celo? ¿Lo hiciste en vista de alguna alianza o de algún parentesco? ¿Por qué razón? ¿TemÃas que, pasando de nuevo el mar, viniesen a asolar las cosechas de tu tierra? ¿A quién pretendes convencer de semejante cosa? Si quieres ser veraz, confiesa que es tu avaricia, que es su oro quien ha matado a mi hijo. En fin, contesta a esto: Cuando Troya era feliz, cuando la ciudad estaba cercada de torres, [1210] cuando PrÃamo vivÃa, cuando florecÃa la lanza de Héctor, cuando criabas a este niño en tus moradas, ¿por qué, ya que querÃas ser útil a Agamenón, no has matado a mi hijo o no Be le has traÃdo vivo a los argianos? ¡Pero, en cuanto se ha apagado nuestra luz, en cuanto el humo de la ciudad ha pregonado la victoria de nuestros enemigos, has matado al huésped de tu hogar! Para colmo, escucha las demás pruebas de tu maldad: Si fueras amigo de los acayanos, ¿no debÃas traer ese oro, que no es tuyo, sino de mi hijo, [1220] y dárselo a ellos, que carecen de todo y viven lejos de la tierra de la patria desde hace tanto tiempo? Pero no lo has dejado escapar de tu mano y lo guardas aún en tus moradas. Y sin embargo, si hubieras criado a mi hijo como debÃas y le hubieras salvado, ¡cuán grande habrÃa sido tu gloria! En la desgracia es cuando se revelan los verdaderos amigos. Si carecieses de riquezas, mi hijo, dichoso, ¿no habrÃa sido un gran tesoro para ti? [1230] Pero he aquà que ahora no tienes ya ese amigo, y ese oro y tus hijos te son arrebatados, y tú mismo sufres un destino análogo. Te aseguro, pues, Agamenón, que si socorres a este hombre se hablará de ti tan mal como de él, porque te habrás inclinado en favor de un huésped que no ha sido piadoso, ni fiel a los que tenÃan derecho a su fidelidad, ni religioso, ni justo; y diremos que te alegras del mal. Pero no quiero ultrajar a mis amos.