Tragedias griegas
Tragedias griegas EL CORO.— ¡Oh, oh! ¡Las buenas acciones siempre inspiran buenas palabras a los vivos!
AGAMENÓN.— [1240] Ciertamente, es duro para mà juzgar y condenar; pero es preciso. Habiendo puesto mano en esto, no puedo deshacerme de ello sin oprobio. Sabe que me parece no fue por mà ni por los acayanos por quien mataste a tu huésped, sino por retener su oro en tus moradas. Hablas tan favorablemente de ti mismo a causa de los males que sufres. Tal vea entre vosotros esté permitido matar al huésped; pero para nosotros los helenos es odioso eso. Si no te juzgara yo culpable, ¿cuánto no se me censurarÃa? [1250] No puedo hacerlo. Por eso, ya que te has atrevido a cometer el crimen, resÃgnate al castigo.
POLIMÉSTOR.— ¡Ay de mÃ! ¡Vencido por una esclava, aún he de humillarme ante quien es más débil que yo!
AGAMENÓN.— ¿No es justo, después de lo que has hecho?
POLIMÉSTOR.— ¡Ay de mÃ! ¡Ay de mis hijos y de mis ojos! ¡Qué desdichado soy!
HÉCUBA.— ¡Sufres! ¿Y crees que yo no sufro por mi hijo?
POLIMÉSTOR.— Te complaces en insultarme, ¡oh tú, que eres capaz de todo!
HÉCUBA.— ¿No voy a alegrarme de haberte castigado?