Tragedias griegas

Tragedias griegas

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Digamos, por último, después de estas escuetas pinceladas sobre los personajes, que, a juzgar por El Cíclope, el drama satírico era algo más que pura diversión; en él, del mismo modo que en la tragedia, se debaten temas de actualidad, de contenido filosófico y moral. Es claro que, a lo largo de toda la obra, se filosofa, usando incluso la retórica del momento, sobre dos modos de vida totalmente contrapuestos. El Cíclope representa la vida natural y sencilla, en la que la costumbre y las leyes no cuentan en absoluto. Ulises es la encarnación de un ideal de vida dominado por la razón, la convención y la ley, es decir, el ideal de la comunidad ateniense. Cualquier espectador del siglo V descubriría en El Cíclope, a cada paso, ecos de las enconadas polémicas de las diversas ramas de la ilustración sofística. Después de acabada la representación, los atenienses, tan amantes de la disputa, defenderían con abundancia de argumentos sus respectivas ideas: unos ensalzarían el equilibrado ideal racionalista de Protágoras, que armoniza la naturaleza y la convención; otros, por el contrario, los de ideas más radicales, defenderían la supremacía de la forma de vida que sigue los designios marcados por la naturaleza, en la cual la ley, que protege a los débiles, no puede hallar cabida. Por fortuna, el espectador de la Atenas del siglo V, aunque en ciertas ocasiones fuera al teatro a pasarlo bien, parece que era más inquieto que el espectador medio de hoy que asiste a una representación divertida e intrascendente.


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