Tragedias griegas
Tragedias griegas SILENO.— Yo se lo estaba diciendo, pero ellos se llevaban tus bienes y, aunque yo me oponía, se comían el queso y sacaban fuera los corderos. Y andaban diciendo que te atarían con un collar de tres brazos [235] y, delante de tu ojo central, te sacarían las entrañas a la fuerza y con un látigo molerían a golpes tu espalda y, luego, atándote a los bancos de la nave y [240] cargándote en ella, te venderían a alguno, para levantar piedras con una palanca o arrojarte a un molino.
CÍCLOPE.— ¿De veras? ¿Quieres ir lo más rápido que puedas a afilar los cuchillos de carnicero y, apilando un gran haz de leña, prenderla fuego? Pues ellos, degollados al instante, me proporcionarán a mí, [245] separando las carnes de las brasas, una comida caliente. El resto lo haré cocer en un caldero y se quedará muy tierno, pues ya estoy harto de comida de los montes; bastantes banquetes me he dado ya de leones y de ciervos, y hace mucho tiempo que no pruebo carne humana. [250]
SILENO.— Las novedades, después de las cosas habituales, señor, causan mayor agrado. Es evidente que, desde hace mucho tiempo, no habían llegado a tus cuevas otros extranjeros.