Tragedias griegas
Tragedias griegas CORIFEO.— Hasta el punto de que puedes apurar, si quieres, una jarra entera.
CÍCLOPE.— ¿De cordero, de vaca, o una mezcla de ambos?
CORIFEO.— De lo que quieras, con tal que no me engullas a mí.
CÍCLOPE.— Pierde cuidado, puesto que, si saltarais [220] vosotros en medio de mi estómago, perecería a causa de vuestras danzas. ¡Eh!, ¿quién es esa multitud que veo junto a los establos? ¿Han ocupado el país piratas o ladrones? Sean lo que sean, veo a mis corderos fuera de la cueva, atados sus cuerpos con juncos retorcidos, [225] y, entremedias, cestos de quesos, y al viejo, con su cabeza calva, completamente hinchada a golpes[388].
SILENO.— ¡Ay de mí, siento fiebre, roto como estoy por los golpes, desdichado!
CÍCLOPE.— ¿Por causa de quién? ¿Quién se entrenó con tu cabeza para el pugilato, anciano?
SILENO.— Por culpa de éstos (señalando a los griegos [230]), Cíclope, porque trataba de impedirles que te despojaran de lo tuyo.
CÍCLOPE.— ¿No sabían que yo soy un dios y descendiente de dioses?