Tragedias griegas
Tragedias griegas ULISES.— No nos esconderemos, pues Troya tendría que gemir mucho, si huyésemos ante un solo hombre. ¡Yo, que he afrontado muchas veces a una innumerable [200] multitud de frigios con mi escudo! Si hay que morir, moriremos con nobleza o, vivos, conservaremos nuestra gloria pasada.
(Aparece el Cíclope que sorprende a los Sátiros saltando en torno al odre).
CÍCLOPE.— (A los Sátiros). ¡Alto, apartaos! ¿Qué es esto? ¿Qué significa este jolgorio? ¿Qué quieren decir [205] estas danzas báquicas? Dioniso no está aquí, ni los crótalos de bronce, ni los golpes de los timbales. ¿Cómo están en la cueva mis corderitos recién nacidos? ¿Están bajo las ubres y se apresuran bajo los costados de sus madres? ¿Están repletos los cestos de junco de queso [210] de leche fresca? ¿Qué decís? ¿Qué respondéis? Alguno de vosotros derramará lágrimas en seguida a golpes de este bastón. ¡Mirad hacia arriba y no hacia abajo!
CORIFEO.— Está bien. A Zeus en persona levantamos nuestras cabezas; distingo los astros y Orión.
CÍCLOPE.— ¿Está perfectamente preparado el desayuno? 215
CORIFEO.— Lo está. Sólo falta que tu garganta esté dispuesta.
CÍCLOPE.— ¿También están repletas de leche las cráteras?