Tragedias griegas

Tragedias griegas

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CORIFEO.— Y después de haberos apoderado de la muchacha, ¿no la habéis agujereado todos, uno a uno, [180] ya que le gusta andar cambiando de esposo? A esa traidora que, al ver el par de calzones variopintos alrededor de sus piernas y el collar de oro que llevaba en medio del cuello[387], perdió la cabeza, abandonando [185] a Menelao, ese hombrecito excelente. ¡Nunca debería haber nacido en lugar alguno la raza de las mujeres; si no son para mí solo, claro!

SILENO.— (Saliendo de la cueva con las provisiones). Aquí tenéis vosotros el alimento de los pastores, señor Ulises, sustento formado por corderos que balan y abundantes quesos de leche cuajada. Lleváoslo y alejaos [190] lo más rápido posible de la cueva, después de darme a cambio el jugo del racimo báquico. (Mirando hacia la entrada de la cueva). ¡Ay de mí, he aquí que viene el Cíclope! ¿Qué hacemos?

ULISES.— Estamos perdidos, anciano. ¿Dónde debemos huir? [195]

SILENO.— Al interior de esta cueva, en la que podréis ocultaros.

ULISES.— Lo que aconsejas es terrible: es caer en sus redes.

SILENO.— No lo es. En la cueva hay muchos escondites.


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