Tragedias griegas
Tragedias griegas SILENO.— Basta con que deshinches el odre. Deja el oro.
ULISES.— Traed, pues, los quesos o los corderos.
SILENO.— Lo haré, sin preocuparme mucho de mis [165] amos, pues me volverÃa loco de contento con apurar una sola copa, dándote a cambio los rebaños de todos los CÃclopes, y poder lanzarme al mar desde la roca de Léucade[386], una vez que me hubiese emborrachado y distendido mis párpados. Bien loco está quien no se alegra bebiendo, cuando entonces es posible que ésta (haciendo un gesto obsceno) se empine y acariciar [170] un pecho y un prado dispuesto a ser palpado con ambas manos, y es posible la danza y el olvido de los males. Pues, ¡qué! ¿No me voy a comprar yo semejante bebida, mandando al diablo a este CÃclope estúpido y a su ojo en el centro de la frente? (Entra en la gruta a por las provisiones).
CORIFEO.— Escucha, Ulises, queremos charlar un 175] rato contigo.
ULISES.— Claro, hombre, dirigios a mà como amigos a un amigo.
CORIFEO.— ¿Habéis tomado en vuestras manos Troya y Helena?
ULISES.— SÃ, y saqueamos toda la casa de PrÃamo.