Tragedias griegas

Tragedias griegas

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CORIFEO.— Como si tuviese que levantar el peso de [475] cien carros, con tal de que consigamos ahumar el ojo del Cíclope, que mala muerte tenga, como a una abeja.

ULISES.— ¡Silencio ahora! Conoces perfectamente el engaño. Cuando yo dé la orden, obedeced a quien ha tramado todo. No tengo la intención de salvarme [480] yo solo, abandonando dentro a mis amigos, y eso que podría huir, pues ya estoy fuera de las profundidades de la cueva. Pero no es justo que me salve solo abandonando a mis amigos, con los que vine aquí.

CORO.— Vamos, ¿quién es el primero, quién, colocándose en orden de batalla después del primero, manteniendo [485] firme la empuñadura del tizón e impulsándolo dentro de los párpados del Ciclope, hará saltar su brillante vista hecha astillas?

(Un cantor viene del interior).

(Silencio, silencio).

(Aparece el Cíclope entre Ulises, que lleva un odre, y Sileno con una crátera de vino).

¡Ahí lo tienes, borracho, modulando un grito sin gracia [490], saliendo fuera de su pétrea morada! ¡Vamos, eduquemos al ignorante en nuestras danzas festivas! Sea como sea, va a quedarse ciego.

PRIMER SEMICORO:[403].


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