Tragedias griegas
Tragedias griegas ULISES.— Estos que tengo aquà son unos cobardes y unos aliados de tres al cuarto.
CORIFEO.— Porque sentimos compasión de nuestra espalda y espinazo y no deseo echar fuera mis dientes por causa de los golpes, ¿eso lo llamas cobardÃa? [645]. Sin embargo, yo conozco un encanto mágico de Orfeo verdaderamente estupendo para que el tizón, penetrando en el cráneo sin que nadie lo impulse, pueda quemar al hijo de la Tierra, el de un solo ojo.
ULISES.— Hace tiempo que sabÃa que eras de una ralea semejante, pero ahora lo sé mejor. No tengo [650] más remedio que recurrir a mis propios amigos. (Al Corifeo, antes de entrar en la cueva). Pero, al menos, anÃmanos, para que, con tus cantos de aliento, obtengamos el valor de mis amigos.
CORIFEO.— Asà lo haré. Correremos el peligro a expensas del cario[407]. ¡Que, gracias a nuestros gritos de [655] ánimo, el CÃclope se consuma en humo!
CORO.— ¡Vamos, vamos, impulsad con valor, rápido! ¡Quemad el párpado de la bestia devoradora de huéspedes! ¡Ahumad, quemad al pastor del Etna! ¡Da vueltas, tira! [660]
¡Cuidado, no sea que, presa del dolor, te haga algo a la desesperada!
Un grito terrible sale de la cueva.
CÃCLOPE.— ¡Ay de mÃ, el resplandor del ojo se me ha carbonizado!