Tragedias griegas
Tragedias griegas Lo anecdótico, lo casi novelesco constituye desgraciadamente el núcleo de la mayor parte de la información sobre la vida de los autores clásicos, mas, aunque pueda parecer paradójico, no debe ser dado de lado sistemáticamente; ya que, en muchas ocasiones, lo anecdótico encierra en sí una gran riqueza de contenido en relación con la vida y el entorno ideológico de un escritor. Ejemplo arquetípico de lo que acabamos de afirmar es la efectista unión de los destinos de los tres trágicos en torno a la batalla de Salamina (480 a. C.), en la que los griegos derrotaron por completo a la armada persa. A tener por cierta esa tradición más o menos novelesca, Esquilo participó personalmente en tan memorable lance; Sófocles, todavía adolescente, formó parte del Coro que celebró la victoria, y Eurípides nació el mismo día de la batalla. No puede dudarse de que tan afortunadas coincidencias son exclusivamente fruto de una romántica leyenda, pero no es menos cierto que la tradición antigua debía tener alguna razón para situar a las tres figuras capitales del drama griego en relación con tan trascendental acontecimiento. No será muy arriesgado suponer que lo que pretendía esa leyenda era mostrar a esos dramaturgos como representantes de tres generaciones distintas: la de los hombres que, como Esquilo, pelearon contra los persas hasta morir en defensa de la libertad y de una democracia moderada; la de aquellos que, como Sófocles, vivieron los frutos hermosos de los años siguientes a tan feliz acontecimiento y, finalmente, la de aquellos que, al modo de Eurípides, veían la batalla de Salamina como un recuerdo borroso de las pasadas glorias de Atenas* acuciada en esos años de la madurez y la vejez del poeta por los afanes imperialistas que conducirían a la ciudad al abismo fatal de la guerra del Peloponeso.