Tragedias I
Tragedias I NODRIZA. —¡Ay de mí, ay desgraciada de mí! ¿Qué 115 parte tienen tus hijos en los errores de su padre?[15]. ¿Por qué los odias? ¡Ay de mí, hijos, cómo me angustia la idea de que vayáis a sufrir algo! Terribles son izo 120 las decisiones de los soberanos; acostumbrados a obedecer poco y a mandar mucho, difícilmente cambian los impulsos de su carácter. Mejor es acostumbrarse a vivir en la igualdad; en lo que a mí toca, ¡ojalá 125 envejezca, no entre grandezas, sino en lugar seguro! Moderación es la palabra más hermosa de pronunciar, y servirse de ella proporciona a los mortales los mayores beneficios. El exceso, por el contrario, ningún provecho procura a los mortales y devuelve, a cambio, las 130 mayores desgracias, cuando una divinidad se irrita contra una casa.
CORO.
He oído la voz, he oído el grito de la desdichada mujer de Cólquide. Aún no está tranquila. Pero habla, 135 anciana: sobre mi umbral he oído un grito dentro de palacio. No me alegro, mujer, con los dolores de la casa, pues he llegado a tomarle cariño.
NODRIZA. —La casa ya no existe. Ha desaparecido 140 ya por completo, pues a él lo posee un lecho real[16], y ella, mi señora, consume su vida en su habitación nupcial, sin que las palabras de ningún ser querido lleven alivio a su espíritu.