Tragedias I
Tragedias I SILENO. —Basta con que deshinches el odre. Deja el oro.
ODISEO. —Traed, pues, los quesos o los corderos.
SILENO. —Lo haré, sin preocuparme mucho de mis amos, 165 pues me volverÃa loco de contento con apurar una sola copa, dándote a cambio los rebaños de todos los CÃclopes, y poder lanzarme al mar desde la roca de Léucade[19], una vez que me hubiese emborrachado y distendido mis párpados. Bien loco está quien no se alegra bebiendo, cuando entonces es posible que ésta (haciendo un gesto obsceno) se empine y acariciar 170 un pecho y un prado dispuesto a ser palpado con ambas manos, y es posible la danza y el olvido de los males. Pues, ¡qué! ¿No me voy a comprar yo semejante bebida, mandando al diablo a este CÃclope estúpido y a su ojo en el centro de la frente? (Entra en la gruta a por las provisiones).
CORIFEO. —Escucha, Odiseo, queremos charlar un 175 rato contigo.
ODISEO. —Claro, hombre, dirigÃos a mà como amigos a un amigo.
CORIFEO. —¿Habéis tomado en vuestras manos Troya y Helena?
ODISEO. —SÃ, y saqueamos toda la casa de PrÃamo.