Tragedias I

Tragedias I

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CORIFEO. —He aquí que viene tu hijo en el momento oportuno, Hipólito. ¡Cesa, soberano, en tu funesta ira, 900 decide lo más provechoso para la casa! (Entra Hipólito seguido de los cazadores).

HIPÓLITO. —Al oír tus gritos he venido, padre, con premura, pero no sé por qué causa sollozas y me gustaría oírlo de tus labios. Vamos, ¿qué ocurre? Veo a 905 tu esposa muerta, padre, y ello me causa gran extrañeza. Hace un momento que la he dejado y no hace mucho sus ojos veían esta luz. ¿Qué le ha ocurrido? ¿De qué modo ha muerto? Padre, quiero saberlo de 910 tus labios. ¿Callas? En las desgracias no es necesario el silencio. El corazón, deseoso de saberlo todo, incluso en las desventuras siente avidez. No es justo que ocultes a tus amigos, 915 y a los que son más que amigos, tus desdichas, padre.

TESEO. —¡Oh hombres que poseéis muchos conocimientos en vano!, ¿por qué enseñáis innumerables ciencias y de todo halláis salida y todo lo descubrís y, en cambio, una sola cosa no sabéis y no la habéis cazado aún: enseñar la sensatez a los que no la poseen? 920

HIPÓLITO. —Muy hábil debe ser aquel que es capaz de obligar a ser sensatos a los que no lo son. Pero no es momento de sutilezas, padre, temo que tu lengua desvaría a causa de tus desgracias.


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