Tragedias I
Tragedias I Y ahora, adiós, pues no me está permitido ver cadáveres ni mancillar mis ojos con los estertores de los agonizantes y veo que tú estás ya cerca de ese trance.
HIPÓLITO. —¡Parte tú también con mis saludos, 1440 doncella feliz! Con facilidad abandonas mi largo trato. Destruyo el resentimiento contra mi padre, según tu deseo, pues antes también obedecía a tus palabras. ¡Ay, ay, sobre mis ojos desciende ya la oscuridad! ¡Cógeme, padre, y endereza mi cuerpo! 1445
TESEO. —¡Ay de mí, hijo!, ¿qué haces conmigo, desdichado de mí?
HIPÓLITO. —Estoy muerto y veo las puertas de los infiernos.
TESEO. —¿Vas a dejar mi mano impura?
HIPÓLITO. —No, tenlo por seguro. Yo te libero de este crimen.
TESEO. —¿Qué dices? ¿Me liberas de mi delito de 1450 sangre?
HIPÓLITO. —Te pongo por testigo a Ártemis, la que subyuga con su arco.
TESEO. —¡Hijo queridísimo, qué noble te muestras con tu padre!
HIPÓLITO. —¡Pide que tus hijos legítimos sean semejantes a mí!
TESEO. —¡Ay de mí, corazón piadoso y bueno!