Tragedias I

Tragedias I

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¡Oh queridísimo Héctor! Sin reparo, yo amaba juntamente contigo, siempre que Cipris te hacía cometer alguna falta, y mi pecho lo he ofrecido muchas veces ya a tus bastardos, para no producirte ninguna 225 amargura. Haciendo esto me atraía a mi esposo con mi virtud. Pero tú, por resquemor, ni siquiera permites que una gota de rocío del aire libre se acerque a tu esposo. No quieras, mujer, aventajar en pasión por los hombres a la que te dio a luz. Es necesario 230 que los hijos que tienen sensatez eviten las maneras de sus malvadas madres.

CORIFEO. —Señora, en tanto en cuanto te sea fácil, déjate convencer para llegar a un acuerdo con ésta en tus razonamientos.

HERMÍONE. —¿Por qué dices frases tan solemnes y pretendes un certamen de palabras, como si tú fueras 235 sensata, y mis quejas insensatas?

ANDRÓMACA. —Así lo son, por cierto, al menos en los razonamientos en que ahora estás.

HERMÍONE. —Tu sensatez que no habite en mí, mujer.

ANDRÓMACA. —Eres joven por tu edad y hablas sobre cosas vergonzosas.

HERMÍONE. —Y tú no las dices, pero me las haces en cuanto puedes.

ANDRÓMACA. —¿Es que no llevarás en silencio tu 240 dolor en lo referente a Cipris?


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