Tragedias I
Tragedias I HÉCUBA. —¡Ay! No existe mortal que sea libre. 865 Pues ora es esclavo de las riquezas o del azar, ora la muchedumbre de una ciudad o los textos de las leyes le obligan a utilizar modales no de acuerdo con su criterio. Pero ya que temes y concedes demasiada importancia a la multitud, yo te libraré de ese miedo. 870 Sé mi confidente, en efecto, en caso de que yo decida algún mal contra el que dio muerte a éste, pero no colabores. Mas, si se viera algún tumulto o ayuda de parte de los aqueos, cuando le pase al tracio una cosa tal como la que le va a pasar, impÃdelo sin dar la impresión de que me haces un favor. Ten ánimo en 875 lo demás. Yo lo dispondré todo bien.
AGAMENÓN. —¿Cómo, pues? ¿Qué vas a hacer? ¿Matarás al extranjero tomando un cuchillo con tu vieja mano, o con drogas, o mediante alguna ayuda? ¿Qué brazo colaborará contigo? ¿De dónde conseguirás los amigos?
HÉCUBA. —Estas tiendas mantienen oculta una 880 multitud de troyanas.
AGAMENÓN. —¿Te has referido a las cautivas, botÃn de los helenos?
HÉCUBA. —Con ellas castigaré a mi asesino.
AGAMENÓN. —Y, ¿cómo unas mujeres tendrán el poder sobre varones?
HÉCUBA. —Terrible es la muchedumbre y, si le acompaña el engaño, invencible.